Cuaderno de notas | Rizzoli, Giunti Odeon y la permanencia
A pie, a tan solo unos minutos desde la Plaza de la República, por la Via degli Anselmi se encuentra Giunti Odeon, la librería-cinema en la Plaza Strozzi. Desde hace unos años es la librería más hermosa del centro florentino.

A pie, a tan solo unos minutos desde la Plaza de la República, por la Via degli Anselmi se encuentra Giunti Odeon, la librería-cinema en la Plaza Strozzi. Desde hace unos años es la librería más hermosa del centro florentino. Y cómo no iba a serlo, si el antiguo edificio fue diseñado por Brunelleschi dentro del Palazzo dello Strozzino. En quinientos años las reformas no han yuxtapuesto lo nuevo, no han deconstruido (destruido), sino que han velado por la permanencia cuando el abandono y el olvido amenazaban con la desaparición del teatro.
Una vez que nos «familiarizamos» con el lugar, sin que el asombro amaine, la librería se muestra al visitante. Y justo al dejar la entrada detrás, al comienzo de la platea están exhibidos los clásicos de Rizzoli, la colección BUR. La editorial Rizzoli fue fundada en 1927 por Angelo Rizzoli, en Milán, un antiguo impresor que se hizo editor y productor de cine. Un siglo de trayectoria. Una que está vinculada a la historia cultural de toda Italia y también de Norteamérica. La librería Rizzoli de Nueva York es patrimonio de la ciudad. Quien haya visto Manhattan, de Woody Allen, la recuerda.
En la platea convertida en librería se conservan varias filas de las butacas originales de madera cubiertas de terciopelo rojo. Asientos que fueron ocupados por quienes en algún momento vieron a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong hacer de las suyas en el escenario. Volvamos a la BUR, pero en esta ocasión, la Deluxe. Sí, la colección de clásicos de Rizzoli se restrena en un formato adulto, con camisa, ilustrada, con dimensiones que sugieren otra lectura, otro ánimo. Piden mesa, sillón, sosiego. El propio peso ya anuncia gravedad. Lejos de las ediciones de bolsillo que, por dignas que sean, sirven al movimiento, al desplazamiento del lector.
Sé que es una invitación cándida, pero sentarse a hojear cualquiera de los títulos de la BUR Deluxe ahí, en cualquiera de las butacas bajo la cúpula de vidrio de Murano, darle una mirada cada tanto (sin sonido) a la película que se proyecta, o a las musas doradas que decoran la pantalla, es una alegría y un placer… La vista va hacia arriba. Lo pequeño se disfruta a lo grande.
Alicia en el País de las Maravillas, El maestro y Margarita, Crimen y castigo, Orgullo y prejuicio, Moby Dick o la bella edición de Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi, de quien se celebran cien años de nacimiento, ilustrada por Roland Topor, el escritor, cineasta y pintor polaco-francés, son algunos de los títulos que cubren uno de los muebles. Dispuestos de tal manera es un gusto ver los grabados, las pinturas y los dibujos detrás de la gran pastilla con el título, con el nombre del autor, del ilustrador y de la colección. Dar con una nueva versión de la famosa Biblioteca Universali Rizzoli, aquella que popularizó los libros de bolsillo en Italia a mediados del siglo pasado, es otro signo de estos ajustes que honran un legado sin disecarlo. En fin, son los clásicos, aquellas historias que superan la prueba del tiempo. Y logran superarla siempre y cuando la memoria haga frente al olvido.
Entre revueltas y conjuras, Florencia perdura vinculada a sí misma sin desnaturalizarse.
En el cine de Giunti Odeon se ha podido ver, hace unos días, La Dolce Vita en una versión restaurada. La película, producida por el propio Angelo Rizzoli, es un clásico del cine. Ha superado la prueba del tiempo. Su protagonista, liviano y desarraigado, no podría imaginar que perdura. La graciosa conjunción de tantos referentes solo es posible en la reunión, en la concentración, en la relación que une, que vincula, que crea lazos, que religa y no dispersa, ni fluye ni ablanda ni suaviza ni modera. El tejido en el cual la belleza se mantiene hilada y atraviesa los siglos se sostiene sobre el fundamento original. Todo en Florencia apunta al cielo.
—Harry Salswach



















