“La energía simbólica de la que se nutre un diario te deja vacío”

Rafael Castillo Zapata es poeta y profesor universitario. Este caraqueño trotamundos, nacido en 1958. enseña Teoría de la Literatura en la Escuela de Letras de la UCV. También ha dado clases en Providence y en New Jersey. Ha publicado libros de poemas y ensayos literarios.

Rafael Castillo Zapata

Foto: Oriette D’Angelo

Noviembre de 2013

Entrevista hecha por Sergio Dahbar a Rafael Castillo Zapata para El Librero

Hay algo de voyeur en la lectura de un diario íntimo. En ciertas ocasiones uno entra en la casa espiritual de un autor y se tropieza con su vida, con sus impresiones, con su fiero talante de opinador. Presenciamos una operación sofisticada de relaciones conjeturales, de episodios de la memoria que van y que vienen, de registros cotidianos entrelazados con otros del pasado. 

Como si se tratara de una película que da saltos a través del tiempo. Las fechas del diario nos llevan de la mano: guían el camino. No sabemos qué ocurre en los días ausentes de un diario y esa parte de la lectura le otorga a la lectura un misterio irresistible. Si el diario es eficaz, si la literatura ha logrado su conjuro, si el autor ha permitido que la escritura surja como escritura misma, atravesamos el espejo y conservamos el aroma de una experiencia única.

Eso ocurre al leer este diario del escritor venezolano Rafael Castillo Zapata. He seguido de cerca una parte de su vida, desde 1990 hasta 2010. Me he perdido muchos de sus días, pero los que se encuentran registrados en su Travesías, Diarios de viajes I: La relación infinita (Laguna de Campoma, 2012) me han ratificado una experiencia enriquecedora, la de un escritor que observa el mundo, lo describe, al tiempo que reflexiona y deja una memoria de sus impresiones más sentidas.

Este primer tomo de sus Travesías (falta otro de viajes y dos más que se acercan a la mirada política, llamados Tratados) posee casi 300 páginas y esconde un lado curioso y atípico en el contexto de las ediciones nacionales. Rafael Castillo Zapata se ha ubicado bajo la sombrilla de una editora, Sandra Caula, que creó el sello Laguna de Campoma, editorial que ha publicado libros muy bellos hasta la fecha. Pero los volúmenes de RCZ son libros de autor. Los ha estructurado como una serie y ha decidido financiarlos («como si me hubiera gastado ese dinero en un viaje»).

Anoto este detalle, que podrá parecer intrascendente pero no lo es. Los diarios establecen «una forma de estar en el mundo», y Rafael Castillo Zapata ha decidido estar como él quiere, a sus anchas, en ediciones cuidadas, sin duda austeras, que no dependen de más nadie que de su placer por producir unos libros, como cuando llega a Madrid y piensa desde su soledad en una ciudad que lo recibe en invierno. 

Ese estar en el mundo incluye una variedad luminosa de estadios, pensamientos, referencias culturales, películas, cafés, historias pasadas… Rafael Castillo Zapata piensa en el cineasta Kaurismaki el 19 de diciembre de 1990: una oportunidad para pensar críticamente los atajos del cine a la hora de referir temas homosexuales. Y Pessoa aparece como un fantasma en una terraza de Lisboa el 16 de agosto de ese mismo año: allí surge entre turistas una imagen de su mejor voz, Bernardo Soares. 

El diario es una forma de la confesión y una manera de pensar el mundo: «Tomo el diario, así, como una forma de salvación, como una forma de obligarme a mí mismo a no traicionarme en mi papel de escritor, en mi trabajo de escritor». Palabras de Rafael Castillo Zapata. Como otras que finalmente alcanzan una verdad: «El diario como ejercicio infinito de escritura».

A cada lector le llaman la atención diferentes temas, curiosidades, puntos de vista… Es una manera personal de apropiarse de un libro, de una vida, de una singularidad. Yo he marcado en mi ejemplar la visita a los grandes hoteles europeos, la reflexiones sobre el diario como género, los malestares del cuerpo, el instante en que decide gastar sus ahorros en un reloj muy caro, sus recomendaciones de lectura, la evolución sobre un trabajo de Lezama Lima…

Las ciudades cambian, los amigos van y vienen, surge una reflexión sobre el deseo, el amor y sus imposibilidades, una calle lleva a otro país y un olvido es la mejor forma de recordar cómo pasa el tiempo. Bellamente diseñado por María Angélica Barreto e impreso por Javier Aizpúrua, en Ex Libris, Travesías declara su intención de ubicarnos en el mundo desde su portada. Un collage de timbres, estampillas, pasajes, visas… Referencias de un mundo en movimiento.

—Elías Canetti planteaba que el diario íntimo, para ser íntimo, no se debía publicar. La idea de publicación, de compartirlo con un lector, introducía un ruido que impedía ser absolutamente honesto, de alcanzar una verdad sobre uno mismo.

—Siempre que uno escriba sobre uno mismo y sobre lo que piensa de los demás, escogerá muy bien qué decir. Hay algo de razón en eso que comentas. En mi caso, desde 1984 escribo diarios. Ahora , el que tiene una relación con la escritura tiene una visión de la posteridad . En mi caso soy muy cuidadoso con los otros. No involucro a nadie vivo.

—¿Eres un lector de diarios? ¿Te interesa el género como lector habitual?

—Sí, soy un curioso de la vida ajena. Por ejemplo, los diarios de John Cheever me parecen asombrosos. No pensaba publicarlos. Pero en algún momento cambió de opinión y le pidió a su hijo que tomara la decisión. Claro, cuando leo el diario de Cheever, hay en él momentos de cólera, de ironía, de sarcasmo… Yo mismo sentí que había algo banal en mis textos frente a semejante exposición del yo.

—¿Esa lectura, u otras, te hicieron variar tu punto de vista, tu manera de abordar el relato de tu experiencia?

—No, solo que decidí, en algún momento, incluir citas de autores que me interesaban y que exponían cosas que me interesaba remarcar. Ocurre en los dos volúmenes de Tratados, que son más políticos. Por ejemplo, con Victor Klemperer. Llegué a él a través de Antonio Muñoz Molina, de su libro Sefarad. Me impresionó el eco que tenía mi lectura de Klemperer en relación con lo que ocurre en Venezuela. Y lo cité.

—¿Qué ha ocurrido con tu poesía ahora que te has embarcado en esta travesía por la escritura de diario? Tu primer libro de poemas, Árbol que crece torcido, de 1984, es una reflexión maravillosa sobre la infancia.

—Ha habido un desplazamiento hacia la mínima expresión. Casi hacia lo aforístico. La entrega simbólica de la que se nutre la escritura del diario deja vacío.

—Resulta curiosa esta apuesta tuya que pareciera tener que ver poco con la tradición literaria venezolana, salvando algunos casos, por su puesto.

—El discurso del yo, la exhibición, la misma confesión, es más sajona y francesa. Diría que en España hay un cierto desprecio por lo que se exhibe. Es como si en la tradición hispana se sospechara del yo. Hay una necesidad de disfrazar la propia voz, de encubrirla. Yo en cambio descubrí que me sentía cómodo escribiendo diarios. Para mí es una manera de estar en el mundo, como cuando viajo. Existen unas condiciones ambientales. Soy anónimo. Nadie me reconoce. Soy un extranjero libre.

—¿Qué otros diarios te han interesado?

—Jules Renard me interesa. Claro, sus diarios son como flechazos. Ideas luminosas y cortas. Ese diario lamentablemente fue censurado. Por su esposa. Hacía muchas alusiones a terceros.

—Las esposas pueden salvar o destruir una obra… También está el caso de Richard Francis Burton. Su esposa, Isabel Arundell, destruyó diarios y traducciones eróticas orientales … Otra vez el miedo a la posteridad, el pánico ante lo que puedan pensar si se conoce la investigación que había emprendido Burton sobre el erotismo.

—Jules Renard tenía un estilo descarnado. Era tremendo con los otros. Mi estilo no tiene nada que ver con este camino. Me interesa también La letra E, que está escrito como un diario, de Augusto Monterroso. Es maravilloso. Y en Venezuela están los diarios de Alejandro Oliveros…

—Otro caso que se sale de la tradición y escribe diarios… Es poeta y académico… Un príncipe en el trópico.

—Es un autor contemporáneo, que escribe diarios de manera sistemática. Alejandro Oliveros escribe los diarios de un lector. Aquí también cabe relacionar sus diarios con una de sus pasiones: el conocimiento y el estudio de la literatura anglosajona.

—¿En tu caso, escribir diarios ha resultado una tarea difícil, se ha presentado alguna traba o dificultad?

—No, para nada. Ha sido fluido. No me cuesta. Nunca he sentido el horror ante la página en blanco. Desde 1984 escribo diarios y me he sentido a gusto.

—Mencionabas antes que, con Klemperer, habías integrado citas de otros en tus diarios. Antes que referirlos, preferías citarlos textualmente. Eso convierte el diario también en un diálogo entre muchas voces.

—Walter Benjamín decía que escribir y copiar era diferente. Cuando transcribes un texto que has leído, el texto dice Benjamínte da órdenes. Es la mejor manera de leer un texto: transcribirlo. Porque se apodera del lector.

 

Consulta también: Oficio: Walter Rodríguez Pilatti por Sergio Dahbar

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