La niña que descifró los silencios de su padre

Esta es la estremecedora historia de una niña caraqueña que heredó una caja de cartas y memorias de su padre. Con esos papeles, y otros que recuperó a lo largo de veinte años, la autora rescató del olvido el pasado de su familia checa.

Ariana y Hans Neumann

Dahbar

15 de noviembre del 2021
Por Sergio Dahbar

Cuando el tiempo se detuvo. Memorias de la guerra de Mi Padre y lo que queda
Por Ariana Neumann
Madrid: Nagrela editores, 2021

 

Los sueños de la infancia a veces gobiernan las vidas de los adultos. Ariana Neumann quería ser detective de niña. En la residencia donde creció en Caracas, abundaban los turpiales, los grillos y las ranas. Conocida como la casa de los perros furibundos, fue el escenario ideal para fundar con primos y amigas el Club de la Bota Misteriosa. Se reunían en un magnífico jardín que se integraba al parque Los Chorros, pulmón vegetal en el norte de la capital, y convertían cualquier pista de la vida cotidiana en una incógnita a develar. La concha de un queso hallada en un lugar inesperado, o un disco de vinil mal archivado, eran señales inequívocas de un mundo oculto por descifrar.

En ese ambiente bucólico y feliz Ariana descubrió, gracias al olfato de su primo Rodrigo Anzola, una caja de su padre, el empresario y filántropo Hans Neumann. Esa fue la punta de un iceberg que tenía otras revelaciones: ver a su padre sollozar en una vieja estación de tren, mientras viajaban por Checoslovaquia (“aquí es donde nos despedimos”). O encontrar su nombre entre 77.297 víctimas de los nazis que figuran en un monumento en Praga (un signo de interrogación en lugar de la fecha de su muerte). Hans Neumann murió en 2001. 20 años después, Ariana completó las piezas de un rompecabezas con el que iluminó todos los silencios de su padre.

En el proceso de investigación y escritura, Ariana Neumann se convirtió en la escritora talentosa de un libro que hoy ha sido traducido a nueve idiomas, en su carrera por la internacionalización. Una memoria que acaba de ganar el Dayton Literary Peace Prize, en la categoría de no ficción. Un premio que ya han ganado Andrew Solomon, Eli Wiesel, Margaret Atwood, John Irving, Colm Toibin, Dave Eggers y Edwidge Danticat. Y que toma su nombre de la ciudad donde se firmaron los acuerdos de paz de la guerra de los Balcanes. “Un mosaico de reminiscencias ensambladas”, en sus propias palabras, construido a partir de entrevistas, diarios, fotos, cartas, llamadas telefónicas, correos electrónicos y una persecución detectivesca de pistas por todo el mundo.

En las páginas de Cuando el tiempo se detuvo, una memoria de la guerra de mi padre y lo que queda, Ariana Neumann ajusta cuentas con su propia historia. Lo que de niña fue un secreto sin resolución, de adulta se convirtió en un desafío que la hizo recorrer Europa, indagar en los archivos de la Segunda Guerra Mundial, rastrear familiares desperdigados por el mundo, y revisar cartas familiares, para entender los episodios que gobernaban las obsesiones de su padre, cuando muchos años después de haber llegado de Europa despertaba en la madrugada acosado por los recuerdos. Como bien ha escrito Corinna da Fonseca-Wollheim en su magnífica reseña publicada en The New York Times, el relato de Ariana Neumann es una “lúcida investigación so

Ariana Neumann

Ariana Neumann

bre la naturaleza de la memoria y la identidad’’.

Hans Neumann llegó a Venezuela en 1948, con su hermano Lotar. Con un préstamo de cien mil dólares, fundaron la fabrica de pinturas Montana, en homenaje a la firma de su padre en Checoslovaquia. Muy pronto Hans se convirtió en un empresario exitoso (pintura, material de construcción, jugos, yogures, etc…); en un coleccionista de arte fino y arriesgado; y en un filántropo (dirigía programas educativos de vanguardia) con una vena social innovadora. Fue un personaje fascinante de la historia empresarial venezolana, una suerte de titán de los negocios. Pero había algo que le quitaba el sueño y de lo que nunca hablaba. Eso fue lo que descubrió su hija Ariana.

El niño desafortunado

Hay algo irónico en que Hans Neumann haya sido, en palabras de sus padres, un niño propenso a los accidentes. Lo llamaban «el niño desafortunado». Soñador, poeta y echador de bromas, no parecía predestinado a heredar el negocio familiar de pinturas. Entre mayo y julio de 1939, se aprobaron leyes antisemitas inverosímiles. En 1941, un primo llamado Ota fue encarcelado por nadar en un tramo de río prohibido para los judíos. De allí Ota fue a Auschwitz. Once días después estaba muerto.

Los padres de Hans y Lotar Neumann hicieron todo lo posible para escapar del horror: pidieron favores, solicitaron emigrar a Estados Unidos, falsificaron documentos de identidad, permanecieron en silencio, demoraron las decisiones, compraron cianuro por si todo lo demás fallaba. Pero no se salvaron. En 1942, Otto y Ella, fueron enviados a Terezín (más conocida como Theresienstadt) donde sobrevivieron dos años, gracias a los paquetes de comida que les enviaban sus hijos, antes de ser trasladados a Auschwitz.

Hans Neumann evitó dos veces la deportación. Después de su tercera llamada, se fugó. Y se escondió en un compartimiento secreto en la fábrica de pintura familiar. Fue en ese hueco, acosado por el vértigo de ser descubierto, que se obsesionó con el tiempo. Le apasionaban los relojes. Coleccionó 297. Pasaba horas arreglándolos o dándoles cuerda. En Praga, el tiempo comenzaba a acabarse: tuvo que pensar en un plan para reunirse con su amigo Zdeněk en Berlín. Fue una movida arriesgada. Pidió prestado el pasaporte de Zdeněk y cambió de nombre (Jan Šebesta). Zdeněk convenció a su jefe nazi para que le diera un trabajo. Entonces apostó por la trama más peligrosa: esconderse a plena vista, en el corazón del Reich, a unos pasos de la Gestapo.

Ariana se nutre de las memorias de su padre, encontradas en la caja que avizoró en su infancia, para narrar la llegada de Hans a Berlín. Su trabajo en la fábrica de revestimientos poliméricos de la maquinaria bélica alemana, Warnecke & Bohm. Sus fugas nocturnas como bombero para ayudar a la gente después de los bombardeos. Le quitaba el sueño trabajar para los alemanes. Pero se desquitaba con actos de sabotaje y espionaje. Su encanto, su inteligencia, su astucia, su deseo de vivir, lo ayudaron a superar la guerra. Pudo salvarse con su hermano, pero siempre cargó el peso simbólico de haber sobrevivido a su familia. Lo impresionante es que en esos años en la capital de Alemania dejó de ser el niño desafortunado para forjar la personalidad que el mundo conocería a partir de 1948, cuando pisó tierra venezolana.

En la galería de personajes secundarios, brilla con peso propio Zdenka, la esposa de Lotar. No era judía, pero en 1942, con una estrella amarilla cosida a su viejo abrigo, se unió a los reclusos que trabajaban en los campos a las afueras de Terezín, y se metió de contrabando con ellos al campo para comprobar el estado de salud de su suegra Ella. Años después, Zdenka abandonó a Lotar, una decisión que nunca se perdonó. Y aunque parezca imposible la vida los unió hasta el final en Suiza, en una suerte de bucle melancólico.

Ariana Neumann ha escrito una memoria ejemplar, en la medida que recupera del silencio la historia de su familia, y que demuestra ser una escritora de raza, aguda y meticulosa. Aparte de ganar el Premio literario de la paz de Dayton 2021, su libro obtuvo el Premio Nacional del Libro Judío 2020, a la mejor memoria. Ha sido bestseller de The New York Times y The Washington Post; libro de la semana del Financial Times; y ha estado nominado a los Goodreads Choice Awards de 2020. También ha sido recomendado por Newsweek, Vogue, The Sydney Morning Herald, e Independent Booksellers of America. Donde se encuentre Hans Neumann, debe sentirse satisfecho. De lo que él no pudo hablar, se ha encargado su hija y lo ha hecho con una elocuencia narrativa envidiable.

 

Cuando el tiempo se detuvo

Cuando el tiempo se detuvo

Cuando el tiempo se detuvo. Memorias de la guerra de Mi Padre y lo que queda

Ariana Neumann
272 páginas
Madrid: Nagrela editores, 2021

 

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