El dios francés que metió los mares en el horario estelar de la televisión mundial

Cumple veinte años de fallecido el gran padre mitológico del siglo veinte galo, el aventurero que no llegó a convertirse en científico.   Han pasado veinte años desde que un 31 de junio de 1997 el féretro que contenía el cuerpo de Jacques-Yves Cousteau ingresara con paso marcial en Nôtre-Dame, envuelto con la bandera de…

Cumple veinte años de fallecido el gran padre mitológico del siglo veinte galo, el aventurero que no llegó a convertirse en científico.

 

Han pasado veinte años desde que un 31 de junio de 1997 el féretro que contenía el cuerpo de Jacques-Yves Cousteau ingresara con paso marcial en Nôtre-Dame, envuelto con la bandera de Francia. Era una de los mayores emblemas for export de Francia, marca registrada que producía dinero con una pasión submarina que enternecía a los niños.

Lo despidió el Cardenal Lustinger: «Ha sido el poeta de una realidad inaccesible». Amen. Como ocurre a menudo en los dramas escritos por el elusivo Shakespeare, aquí también lo que queda de esta familia -que en su mejor momento manejaba un presupuesto millonario- no es la batalla con el mundo exterior, sino el infierno puertas adentro.

Hay una viuda que no tolera a los hijos del primer matrimonio. Y unos hijos que no soportan que su padre haya escondido a la amante azafata por veinte años. Hay un barco llamado Calypso, a punto de ser rematado porque ningún heredero quiere pagar la reparación. Y queda la huella dolorosa de una pérdida, la del hijo mayor de Cousteau, Philippe, el preferido: se mató en un accidente de avión en 1979. Lo sobrevivió una hija, nieta dilecta de “Nemo’’, que hoy es exploradora, documentalista y defensora mundial del agua. Defiende el legado del abuelo a capa y espada.

Aunque supo gestarse una imagen bonachona, con el buzo azul y el sombrero rojo, la figura delgada y el desdén como primera impresión, Jacques-Yves Cousteau traía carga pesada en la mochila desde los años cuarenta. Estrenó un primer documental en el París de 1943, durante la ocupación. La gestapo le permitió trabajar, gracias un hermano, el periodista Pierre-Antoine, un colaborador de los nazis.

Jacques Cousteau se casó con una mujer que tenía agallas y raigambre, Simone Melchior, a quien apodaban la pastora, hija y nieta de almirantes de la flota francesa. Se conocieron cuando él era un joven oficial (26 años) y ella una muchacha menor de edad (17). Ella fue madre, curandera, enfermera y psiquiatra de la tripulación del Calypso por cuatro décadas. Su rol fue fundamental para sobrevivir en años de exploraciones marinas.

Dio a luz a sus dos hijos sobre la mesa de su cocina familiar. El padre de Simone apoyó las investigaciones de Cousteau para fabricar el legendario equipo para respirar bajo el agua. Y fue ella quien vendió las joyas de su madre para comprar el dragaminas Calypso.

Había pertenecido a la Royal Navy y fue construido en un astillero de Seattle, Washington (Ballard Marine Railway Company). Después de participar en la Segunda Guerra Mundial, fue dado de baja en 1947. Equipado con alta tecnología, Calypso regresó en los años cincuenta a surcar por los mares con Jacques Cousteau. Como dice Brad Matsen, Calypso “era un mundo cerrado, un drama en sí mismo’’.

Simone Melchior falleció de cáncer en 1990. En ese momento se conoció la relación que Cousteau mantenía con Francine Triplet, desde los años setenta. Al enviudar, se casó con esta azafata y tuvo otros dos hijos. Ella ha ganado las batallas legales para manejar las marcas asociadas al hombre que todos recuerdan como explorador marino, cuando en verdad su hallazgo fue meter el mar en la televisión.

Francine Trip gestiona hoy el apellido, los derechos de las emisiones en televisión, las películas, los libros, las enciclopedias, los cómics, las fundaciones con miles de socios y los nuevos reportajes en lejanías como Siberia, o en la desembocadura de los ríos Mekong, Yang-T-sé y Brahmaputra.

La obra de Cousteau veinte años después de su muerte ha recibido la visita de biógrafos, como Bradford Matsen (2010), y de cineastas como Wes Anderson (2004) o Jèrôme Salle (2016). Para Matsen Cousteau era un emprendedor que sabía buscar dinero para sus exploraciones espectaculares. Alguien que no logró ser reconocido en una sola línea de la muy respetada Historia de la Oceanografía.

Anderson quiso homenajearlo porque había sido su héroe de infancia y desdibujó la historia de su vida para poder construir uno de sus cuentos singulares sobre familias disfuncionales. Salle metió la cámara en la historia controversial de su hijo mayor, Phillipe, con el que tuvo muchas disputas y que al final fue consumido no por el agua, sino por el viento: el hidroavión en el que viajaba se vino abajo en 1979.

Uno puede preguntarse hoy quién fue Jacques-Yves Cousteau. ¿Uno de esos padres que siempre tienen problemas con sus hijos? ¿Un aventurero nato? ¿El Poseidón de dos familias que no se conocían? ¿Alguien que entendió que en el siglo veinte había que entrar en el mundo del espectáculo para trascender? Todo eso y además una leyenda cierta, que podía brillar a medida que opacaba a su familia.

 

 

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