Fausto Masó: Al maestro con cariño

Sergio Dahbar dedica unas líneas a Fausto Masó, quien fuera su amigo personal y un referente importantísimo del periodismo venezolano

Fausto Masó retratado por Vasco Szinetar. 2013. ©Vasco Szinetar

Este perfil sobre Fausto Masó, que reproducimos en su integridad, fue escrito por Sergio Dahbar para la revista digital Trópico Absoluto.

Sergio Dahbar (Córdoba, Argentina, 1957) ofrece un homenaje a la figura de su amigo, el escritor, periodista y editor cubano-venezolano Fausto Masó (Camagüey, 1934 – Caracas, 2024), fallecido el pasado 22 de febrero. Masó dio sus primeros pasos como escritor en Cuba, donde llegó a publicar en la revista Orígenes, dirigida por José Lezama Lima, y en Casa de las Américas. En 1961, junto al escritor Antón Arrufat, publicó la antología Nuevos cuentistas cubanos (Casa de las Américas). Posteriormente, con una parada previa en los Estados Unidos, emigró a Venezuela, donde desarrolló una importante carrera en el periodismo, al tiempo que fundaba toda clase de publicaciones. En las últimas dos décadas su figura cobró relevancia como comentarista y analista político en la radio y, sobre todo, en el diario El Nacional, del que fue uno de sus columnistas más leídos. Fue fundador de la editorial Libros marcados. Como autor, publicó, entre otros, Gran café (Ediciones Poket, 1988), Los amantes del tango (Debate, 2004) y Sabana Grande era una fiesta (Debate, 2004).

1978

Conocí a Fausto Masó a finales de los años setenta, en unos bancos que se encontraban al frente de la Escuela de Comunicación Social, en la Universidad Central de Venezuela. Allí esperaba que apareciera su amigo Alfredo Maneiro, profesor de “Problemas filosóficos contemporáneos’’ en las aulas de Periodismo (yo era uno de sus alumnos). Ambos se reunían a conversar mientras entraban y salían los estudiantes. Recuerdo haberme acercado a saludar y Maneiro me presentó con estas palabras: “Este es militante de la Causa R, aunque aún no lo sabe’’.

Maneiro y Masó pasaban horas en esos bancos. Allí escuché la historia sobre los antropólogos. Parecía haber sido imaginada para la incredulidad de Masó. La Causa R realizaba trabajo político en la zona industrial de Matanzas, en Puerto Ordaz, y en las calles de Catia, donde Maneiro se conseguía a unos malandros en las esquinas. Siempre les preguntaba qué hacían. Y ellos respondían invariablemente: “Aquí, esperando antropólogos’’. ¿Cómo así? “Por aquí vienen muchos científicos sociales. Quieren saber cómo es la verdad del barrio. Y nosotros les echamos cuentos’’. Esos antropólogos se habían convertido en un excelente negocio, repetía el fundador de La casa del agua mansa.

Ya había leído Desnudo en Caracas en una edición de bolsillo que me devoré por el desenfado y la libertad con el que estaba escrito. Fausto Masó aprovechó el momento para ofrecerme trabajo a destajo en una de sus innumerables publicaciones. Producía revistas para aerolíneas, supermercados, asociaciones civiles, gremios empresariales, etcétera. Y siempre necesitaba jóvenes periodistas que escribieran materiales. Fue mi primer trabajo de redacción y una experiencia que jamás olvidé, porque Fausto Masó encargaba materiales diversos, al mismo tiempo que planificaba una nueva revista, en este caso Tinta Libre. Quería desarrollar materiales similares a los que leía en sus publicaciones internacionales favoritas: Esquire, por citar una.

Ambos admirábamos un periodismo más narrativo, cargado de la emoción vital que rara vez se respiraba en las notas periodísticas con las que se llenaban las páginas de los periódicos tradicionales. Esos trabajos profesaban una religión inflexible: respondían cinco preguntas básicas del oficio (qué, cuándo, dónde, cómo y por qué). Los que Fausto leía en las revistas americanas recreaban hechos de la realidad con herramientas de la ficción, apuntalados con datos que les quitaban el sueño a los departamentos de fact-checking. Siempre recordaba la mítica nota de Gay Talese, “Frank Sinatra tiene gripe’’. El periodista logró un perfil inmortal con voces diferentes a la del músico, como la peluquera encargada de sus pelucas o los barman que le preparaban sus tragos.

Así me convenció de escribir una crónica sobre la morgue de Caracas, en Bello Monte. No se trataba de una metáfora, sino de meterme en el vientre de ese animal que reclamaba sangre. Fue mi primera inmersión en el infierno. Como entrar en una de esas películas gore en las que recreaban escenas sangrientas. A medida que descendía por los pasillos hacia el sótano, atravesaba diferentes anillos de horror. Cuerpos desnudos en el piso tapados por lonas. Baños mugrosos convertidos en depósitos. Había un sonido de fondo que me inquietaba: una sierra con la que intuí realizaban una autopsia. Observé a lo lejos a unos médicos alrededor de una mesa de piedra. Pero eso no fue lo que me descolocó. Lo extraño era el sonido de una salsa dura y estruendosa que salía de una casetera inubicable. Todo era surrealista.

Finalmente, esa nota apareció como “Salsa en la morgue de Caracas’’, una de mis primeras colaboraciones en una publicación que fue efímera. Fausto Masó sacaba muy buenas ideas de su sombrero de mago. Eran anuncios de piezas que la gente querría leer. Habría sido un vendedor de automóviles usados infalible. Otra de sus ideas era poner a dialogar el texto sobre el catch-as-catch-can (algo así como “atrápalo como puedas’’) de Roland Barthes -en esa joya llamada Mitologías– con una crónica sobre la lucha libre venezolana del momento.

Sus ideas anunciaban el paraíso del periodismo. El problema era llevarlas a buen término. Resultaba difícil cumplir con la promesa verbal que salía de la boca de Masó. Recuerdo que deambulé por oficinas miserables en El Silencio, donde negociaban agentes de deportistas fracasados. Todo era decadente y falso. Volví desilusionado a murmurar mi fracaso con Fausto, como quien busca una palabra de aliento. Me vio venir y sin soltar el habano que tenía en los labios, me tiró una de esas frases que los veteranos suelen practicar con naturalidad: “no dejes que la realidad mate una buena nota’’.

1980

Dos años más tarde recuerdo haber presenciado un duelo de antología. Pisó tierra venezolana el escritor Guillermo Cabrera Infante, para acompañar el lanzamiento de un nuevo libro, y estos dos gigantes cubanos se reencontraron frente a la Librería Uno, en Sabana Grande. Es bueno recordar que en esos años había librerías en Caracas, y nos visitaban escritores importantes del exterior para dar conferencias y firmar libros.

Era una mañana luminosa, absolutamente caribeña. El autor de Tres Tristes Tigres vestía un pantalón gris, una chaqueta cruzada azul de paño ligero, corbata y zapatos oscuros. Y estaba parado como quien espera el paso de un transporte público. Desde la esquina de la calle real de Sabana Grande, en diagonal al Café Piccolo, comenzó a bajar Fausto Masó a pie, mientras aplaudía con fuerza. Festejaba a su amigo. Se reencontraban finalmente lejos de la noche habanera.

Fausto vestía con la informalidad usual de la época. Un pantalón y una franela ajustada. Unos zapatos negros. Juntos componían una escena fascinante. Cabrera Infante era todo un británico, serio, impasible y a la expectativa. Masó sonreía con la alegría del reencuentro, irónico y descreído como siempre: desnudo en Caracas. Era un desmitificador profesional. En su cuerpo habitaban un lector furioso y un echador de bromas. Vasco Szinetar apareció en ese momento y capturó una imagen para la historia: Guillermo Cabrera Infante mira hacia el suelo y sonríe ante una ocurrencia de Fausto Maso, con los brazos en jarra como conteniendo la cintura. Iban a almorzar en El Diario de Caracas, con directivos del periódico. Marcel Granier, Rodolfo H. Terragno, Tomás Eloy Martínez, Armando Durán y Fausto Masó.
Guillermo Cabrera Infante, junto a su esposa, la actriz Miriam Gómez, disfrutaron un pabellón con baranda. El vino escogido fue Cousiño Macul del 1976, blanco. Semejante selección fue escogencia de Armando Durán. Toda una concesión a la cubanidad de los invitados: frijoles, arroces blancos y plátanos maduros.

Fausto Masó y Guillermo Cabrera Infante retratados por Vasco Szinetar. Caracas, 1980. ©Vasco Szinetar

La crónica de ese almuerzo fue publicada en El Diario de Caracas y la firmaba Rodolfo H. Terragno, su director. “La literatura latinoamericana es una ensalada de frutas’’, fue su título. Era una nota irónica, donde se burlaba de todo el mundo. “Tomás Eloy Martínez fingía modestia: una de las pocas cosas que finge mal’’, dejaba caer. Nadie salía bien parado en esas líneas, lo que sin duda todo lector agradecía. El humor era una constante que no siempre referían las notas institucionales de los medios cuando los visitaban personalidades extranjeras.

Fausto Masó se sintió ofendido y replicó con un texto: “La ensalada de Rodolfo Terragno’’. Para defender a su amigo cubano de las sornas del argentino. Enfiló contra la seriedad de Terragno, cual Goethe en Weimar, incapaz de advertir que en una Caracas banal nada podía tomarse demasiado en serio. En 1980 disfruté la esgrima verbal de dos portentos periodísticos. Con el tiempo he pensado que por una vez Masó se apartó del Masó que conocíamos, iconoclasta y provocador, para ofenderse (cosa inusual en él) y salir en defensa de una injusticia. Nunca más lo veríamos en esas lides.

1985

En los años siguientes me tropecé con Fausto Masó muchas veces en la noche infinita de Sabana Grande, entre la medianoche y la madrugada. Habitué del Gran Café, su mesa reunía intermitentemente a escritores y guerrilleros; falsificadores de obras de arte; visitantes en tránsito en busca de una visa de residente; actores de segunda que trabajaban en películas de acción baratas que se filmaban en el país; filósofos que se enamoraban de esposas de militares; es decir, tertulianos de la más diversa estirpe fascinados por su verbo desmitificador.

El narrador merideño Oswaldo Trejo, otra lengua feroz, no podía faltar a su mesa; tampoco el dueño de la librería Suma, Raúl Betancourt; o el poeta Eugenio Montejo antes de convertirse en uno de los grandes poetas de la lengua; o el filófoso Yves Boissonnas, quien venía a compartir que se había enamorado de Gena Rowlands después de ver Gloria, de John Cassavetes.

Eugenio Montejo, Sergio Dahbar, Fausto Masó y Miguel Szinetar en Sabana Grande retratados por Vasco Szinetar. c. 1982. ©Vasco Szinetar

Oír a Masó era todo un arte. Podía referirse a un episodio de la política internacional; una anécdota olvidada de la tribu de la República del Este; rencillas intelectuales locales; ideas que prometían el desembarco de un proyecto cultural inusitado… Su verbo dinamitaba las creencias más arraigadas. Una novia flamante que un amigo acababa de presentarle; o una película recién estrenada que había pasado por el festival de Cannes. Nada sobrevivía a sus frases filosas. Se burlaba de la gente que hablaba bien de quienes acababan de morir. “Te mueres y eres una persona impecable. No importa que hayas sido un cretino en vida, te van a convertir en un santo varón’’.

Masó era capaz de descabezar cualquier hipótesis optimista. Entre sus amigos era ya una leyenda una escena que tuvo lugar en 1959 en el patio de la embajada de Venezuela en La Habana. Un grupo de exilados cubanos, asilados de apuro, conversaban sobre lo que ocurriría en Cuba con la llegada de Fidel Castro. La mayoría del grupo pensaba que el barbudo no duraría demasiado tiempo en el poder. Cerca de ellos, pero apartado, cual trovador griego en contrapunto, observaba Fausto Masó. Desde la otra orilla, él replicaba que se olvidaran de eso. Había Fidel para rato. Era peligroso subestimar al enemigo.

Cuarenta años después de aquella escena, mitologizada por quienes estaban presentes, Fausto Masó volvería a repetir su papel, en la terraza de un café en Los Palos Grandes. Los mismos amigos que en 1959 se habían reunido en el patio de la embajada venezolana en Cuba, ahora echaban los dados en Caracas sobre cuánto tiempo duraría Chávez en el poder. No le daban sino meses. No tenía futuro el teniente que había llegado a presidente por un golpe de suerte. Desde otra mesa, Masó los oía con la sonrisa del incrédulo: “Olvídense de eso. Hay Chávez para rato. Es peligroso subestimar al enemigo’’. Que lo diga la oposición venezolana.

Fausto Masó, Juan Sánchez Peláez y Malena Coehlo de Sánchez retratados en Sabana Grande por Vasco Szinetar. 1982. ©Vasco Szinetar

2007

Las peñas de Sabana Grande se mudaron de sitio. La zona ya no era una fiesta, sino un lugar inhóspito que perdió para siempre su sabor parisino. La República del Este era un mito del que ya nadie se acordaba. Fausto Masó se mudó a Arábica, un café en la avenida Andrés Bello de Los Palos Grandes. Por allí empezaron a aparecer políticos, intelectuales, periodistas. Muchos se reunían en algún momento del día con Fausto Masó. Atrás quedó el trabajo en las revistas para mutar en asesor político y editor de libros en su editorial Libros Marcados.

Habían pasado tres décadas desde aquella mañana en que nos conocimos en la Escuela de Comunicación Social de la UCV, a la vera de los cuentos de Alfredo Maneiro. Pero sus mañas seguían intactas. Ya no vendía ideas para notas imposibles de realizar, sino que ahora inventaba libros que no siempre podían escribirse tal como él los imaginaba. A veces nos sentábamos en Arábica a conversar. Siempre le preguntaba, hasta cuándo iba a sacar libros que tenían buenos títulos y pésimas ejecuciones editoriales.

Masó sonreía invariablemente. “¿Ahora tú me vas a arrinconar?’’, me decía en ese momento. “No has entendido que yo hago libros para lectores que no leen’’. En ese momento yo ponía cara de incrédulo y preguntaba: “¿Libros para lectores que no leen? Notable’’.

“Es fácil: la gente compra libros. Lee dos y dos van a la biblioteca. Esos últimos dos no se leen. Se acumulan, forman parte del naufragio contemporáneo de cosas que las personas acumulan pero que jamás consumirán. Tú me entiendes, ¿verdad? Esos dos últimos libros son lo que yo saco en mi editorial’’. Su lógica consistía en pensar en un título vendedor. Eso bastaba. Una idea que pegara duro en la cabeza del lector. Para impulsar la venta. Si después se leía o iba a parar a la biblioteca de los libros que nadie leería, no era problema suyo. Así de simple y descarnado.

En los pocos casos en que tuve un éxito sorpresivo con la venta de un libro, me esperaba en el café y me invitaba a sentarme. Primero descargaba una batería de argumentos para explicarme que el éxito que había tenido era producto de una casualidad y no del trabajo bien realizado. Yo estaba de acuerdo. Inmediatamente después, comenzaba a pensar cómo podía producir un éxito similar con Libros marcados. Se preguntaba dónde habría una víctima para pedirle un libro. En esos casos mi golpe más bajo era decirle: “Fausto, esto es accidental. El “maestro’’ eres tú. Esa palabra lo enfurecía. “¿Maestro yo? Ahora sí nos jodimos. Tú eres el que vende libros y yo soy el maestro. Mis cojones. Encima de la humillación de ir a las librerías para que me digan que el libro más vendido es de Dahbar, tú vienes para acá a burlarte.’’ Entonces se levantaba y se iba para el carajo.

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