Memorabilia | El día en que la política entró en las librerías

Recuperamos este trabajo realizado por Rafael Osío Cabrices para la edición de El Librero publicada durante el mes de octubre de 2006.

Cortesía Efrén Hernández para El Librero

Rafael Osío Cabrices es el autor de este reportaje sobre libros y política, que formó parte de la edición impresa de El Librero.

Buena parte del resurgimiento del libro venezolano está relacionada con la crisis nacional y la necesidad de muchos lectores de comprenderla. ¿Qué hay en este estallido? 

Por Rafael Osío Cabrices

Sería interesante saber qué diría un buen lector venezolano que lleva diez años viviendo afuera, y que antes de eso solía visitar las librerías locales, ante lo que muestran hoy las vitrinas. Sería interesante darle un paseo por la oferta bibliográfica que hoy tiene el país. Muy probablemente, notaría de inmediato la presencia que la palabra Chávez tiene en los estantes, cosa que podría parecerle normal ante la fama del mencionado personaje, pero alrededor vería numerosos ensayos sobre los problemas del país y el modo de solucionarlos, sobre la política exterior venezolana, sobre los protagonistas o las ideas de quienes hoy protagonizan la agenda pública. Y esos libros van desde el ensayo histórico o politológico, hasta la novela de ficción o el panfleto ideológico. Hay de todo, y dentro de eso, mucho de lo que llevan los clientes.

Más allá de las vidrieras, muchos libreros coinciden en que los temas políticos, económicos y sociales son hoy un segmento tan importante como los best sellers. Andrés Boersner, de la librería Noctua, dice que hay una gran curiosidad por entender lo que está ocurriendo y una oferta que la atiende y la promueve. Iván Niño, gerente de compras de la cadena de librerías Nacho, apunta que los ciudadanos esperan profundizar con los libros lo que escuchan en la radio o la TV, ya sea un dato sobre la inteligencia emocional o la cocina molecular, o el rumbo que está tomando la idea de Estado en Venezuela. Alexis Romero, de la librería El Templo Interno, agrega que la gente quiere leer para no ser engañada, para hacerse su propia opinión: un fenómeno que seis años atrás no se veía.

¿Cuáles son esos libros y qué hay detrás de ellos? Y sobre todo: ¿perdurará este interés?

El emperador está desnudo

Los ejemplos abundan. El profesor de la UCV Agustín Blanco Muñoz ha creado casi una industria propia con sus libros testimoniales,  en los que ha entrevistado a varios protagonistas o testigos cercanos al poder chavista; Alberto Garrido ha hecho lo propio con sus investigaciones acerca de los nexos entre el chavismo y la vieja izquierda radical, así como sus proyectos de instalación de una revolución militar socialista dentro y fuera de Venezuela; Teodoro Petkoff fue invitado a lanzarse como candidato presidencial durante la larga y exitosa gira promocional de su ensayo Dos izquierdas; las editoriales del Estado, como Monte Ávila Editores y la reciente El perro y la rana del Ministerio de Cultura, han respondido a su vez a la montaña de libros que critican al actual hegemón de Venezuela, con títulos que loan al comandante Chávez y al “proceso”: los de Marta Harnecker, Heinz Dieterich, Néstor Francia, Luis Britto García, por ejemplo, que en mucho casos gozan de ediciones masivas.

En el pasado hubo libros exitosos de periodismo de investigación, los de Germán Carías o Eleazar Díaz Rangel, entre varios otros autores, así como volúmenes de entrevistas como los de Nelson Hippolyte Ortega. Pero el mercado había sido descuidado, hasta que el sacudón de finales del siglo XX reanimó la curiosidad por la agenda pública. Random House Mondadori lo comprobó en carne propia con las inversiones que ha hecho en Venezuela a través del sello Debate, editorial española que forma parte del grupo trasnacional (a su vez propiedad del coloso alemán Berthelsmann). Bajo la dirección del periodista Sergio Dahbar, Debate inauguró en el último trimestre de 2003 la colección Actualidad, que luego se extendió hacia otras dos colecciones, Documentos y Otras Voces.

Entre las tres, han editado desde entonces cerca de 40 títulos que van desde La revolución como espectáculo, el diario personal de Colette Capriles sobre los años duros de la polarización, hasta el perfil Hugo Chávez sin uniforme, de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, que se ha traducido a cuatro idiomas.

Dentro de esa camada la editorial tuvo que reimprimir varias veces títulos como Las amantes del tango, de Fausto Masó, El acertijo de abril, de Sandra la Fuente y Alfredo Meza, y Las balas de abril, de Francisco Olivares, entre otros. Han probado, con igual éxito, el editar en Venezuela y Colombia libros extranjeros dentro de esa colección, como Cuentos chinos de Andrés Oppenheimer, e inclusive textos que se les oponen en el espectro político, como Los amos de la guerra de Clara Nieto e Irak: historia de una derrota de Ignacio Ramonet.

Unos han sido más exitosos que otros, claro está, pero en conjunto el emprendimiento venezolano (luego extendido a Colombia) de Debate ha colocado en la calle a unos 200.000 ejemplares, una cifra muy respetable para la escala del negocio del libro en América Latina.

Del éxito de estas colecciones surgió un premio de periodismo de investigación, patrocinado por el Banco de Venezuela, que dio su primer galardón de 20 millones de bolívares en concepto de adelanto al reportaje Retrato de un caníbal, de Sinar Alvarado, y ya ha convocado a su segunda edición.

Cortesía Efrén Hernández para El Librero

Cortesía Efrén Hernández para El Librero

Sergio Dahbar tenía en mente el premio y la colección Hogueras, que mantuvo Alfadil durante un breve período en los años 90′, para aprovechar el renacimiento en este nicho. “Siempre había creído que el periodismo vende”, cuenta Dahbar, quien no deja de hacer crecer el catálogo. “Y conseguimos un editor que se atreviera. Si hay quien compre periódicos, y por eso un diario vende 200.000 ejemplares todos los días, ¿por qué no iba a haber mercado para 5.000 ejemplares de un libro que a muchos les iba a interesar también porque se refería a un tema de actualidad?”.

El sello Alfadil ha sido uno de los que ha reaccionado con más velocidad y entusiasmo, y también con más puntería, a ese fenómeno. Justo cuando Fidel Castro entregaba el poder a su hermano, salía al mercado La sucesión de Castro, una herida abierta, de Américo Martín; las bibliotecas Manuel Caballero y Elías Pino Iturrieta han acercado a los lectores la obra de los grandes historiadores venezolanos para ayudarlos a leer el presente; y El código Bochinche de Laureano Márquez significó una aproximación humorística muy exitosa al drama político. Periodistas en su tinta reunió los testimonios de varios reporteros durante los años duros de 2002 y 2003, se reeditó el imprescindible El culto a Bolívar de Germán Carrera Damas, y con Israel Centeno se probó suerte en cuanto a una novela de ficción directamente relacionada con el contexto nacional, en El complot.

El editor Leonardo Milla, cabeza de Alfadil y todo el Alfa Grupo Editorial, dice que en su caso todo empezó con una serie sobre Chávez, en la que vieron interés en el mercado sobre el tema político, que pronto incluyó la historia. “El mejor representante de eso fue Manuel Caballero. Lo que busca el lector es saber sobre sí mismo, sobre su identidad, esa es la respuesta final. Lo que he encontrado en estos últimos es que el lector quiere saber de dónde viene, dónde está y a dónde va. Supongo que todo amaina, pero todavía no hemos llegado a la cresta de la ola; no es un proceso solo de este lado de la oposición, y el oficialismo también busca respuestas, es un proceso nacional y no creo que nada vaya a terminar con la salida de Chávez del poder. Venezuela todavía no sabe quién es, de ahí sus cambios de autoestima”.

El periodista Fausto Masó fundó una editorial, Libros Marcados, casi exclusivamente para estos temas, consciente del mercado que hay. En pocos meses, ya ha publicado Chávez es derrotable, de Pedro Pablo Peñaloza, dos títulos de Roberto Giusti, uno de Domingo Alberto Rangel y uno del exgobernador de Barinas Gerhard Cartay. Prepara ahora el lanzamiento de una novela que imagina a chavistas y antichavistas como Montescos y Capuletos y un libro de entrevistas a Teodoro Petkoff. Libros Marcados consta de títulos que se hacen y salen a gran velocidad, siguiendo de cerca el paso de la opinión pública, y que se venden bien porque son temas muy actuales y ediciones más o menos económicas. Es un camino algo similar al que por varias décadas han seguido Vadell y José Agustín Catalá, los editores tradicionales del libro político o del periodismo de investigación de la vieja guardia.

Una de las grandes sorpresas viene del selecto club de los historiadores

Inés Quintero escribió ensayos históricos muy bien documentados sobre dos figuras que la memorabilia chavista no frecuenta y que tampoco han recibido mucha atención de la historiografía nacional: La criolla principal y El último marqués, editados ambos por la Fundación Bigott y reimpresos varias veces. De uno y de otro. En total, se han impreso unos 9.000 ejemplares; los primeros 2.000 de El último marqués se vendieron en dos semanas. “Indudablemente, la situación del país le ha dado más visibilidad a la historia”, comenta Inés Quintero, “sobre todo si esta se ocupa de Bolívar o de sus familiares, como es el caso de esos dos libros:  La criolla principal es una biografía de María Antonieta Bolívar, hermana del Libertador, y El último marqués habla de su tío, el Marqués del Toro. Creo que los lectores recibieron con tanto entusiasmo a La criolla principal porque vieron en el conflicto entre los dos hermanos una imagen de la polarización de la Venezuela actual. Pero en Venezuela siempre ha habido cierto interés por los temas históricos, en buena parte forjado por las novelas de Francisco Herrera Luque, que, si bien no eran libros de historia, sin duda abrieron camino. Hasta entonces, la historia se había escrito sobre todo para expertos; lo que yo quise hacer fue invertir la tendencia y tratar de acercar esos contenidos a quienes no forman parte del circuito académico tradicional. Quise recuperar la condición narrativa que los textos históricos habían perdido. Aun así, jamás imaginé que tuviera este efecto, ni que se repetiría con El último marqués”.

Relativo y tal vez episódico

Diomedes Cordero, crítico y profesor de la Universidad de Los Andes, considera que todo este éxito es relativo. “Los libros vendiendo los mismos 1.000 ejemplares que se vendían siempre. En el pasado una novela de Ednodio Quintero o de José Balza tardaba un año para vender 1.000 ejemplares en este país. Ahora esos libros sobre la coyuntura política, que además tienen como centro de manera directa o indirecta la figura de Chávez, no venden mucho más en tres o seis meses. Habría que hablar de un éxito económico para los dueños de la industria, nada más”.

Cordero no considera que el público lector haya crecido fuera del medio convencional de la clase media profesional y los universitarios, y apunta que debe ser tomada en cuenta una circunstancia exterior: “Si pensamos en los años anteriores, ahora se importa menos del diez por ciento de lo que se importaba antes. Estamos cerrados a la producción editorial en España y de América Latina, cuya presencia en los estantes de las librerías casi ha desaparecido. Hay muy poco libro extranjero en Venezuela; basta ver las páginas de las editoriales, sobre todo en la literatura y humanidades, para constar que prácticamente no llegan libros. Hay que observar otra cosa; la mayoría de estos editores locales exitosos al mismo tiempo son distribuidores, y son los responsables de la importación de los libros extranjeros. Yo me pregunto si la falta de libros extranjeros no es solo un problema con las divisas sino una acción deliberada, un nacionalismo exagerado en el mercado de libros, por no decir un clima de aislamiento en el que el país se sume cada día más en todos los órdenes”.

El profesor y articulista Antonio Cova opina que lo escrito se ha vuelto más importante que nunca para desmentir lo que dice “un poder que se quiere total”. Los medios promueven las voces de quienes escriben y llaman a nuevos lectores. “Pero la lectura es un vicio, el que empieza con un libro pasa a otro, y además da prestigio. Antes, leer era casi deshonroso; ahora hay más gente informada que necesita un respaldo para lo que afirma”.

Nelson Rivera, asesor comunicacional, crítico y directo del Papel Literario de El Nacional, apunta que este fenómeno, una “respuesta inevitable”, ha ocurrido en otras partes de América Latina. “Beatriz Sarlo ha escrito cómo ocurrió esa especie de boom cuando cayó la dictadura en Argentina, en 1982, cómo se dio también allá ese interrogarse acerca de qué fue lo que nos pasó, cómo llegamos a este punto. La llegada de Chávez ha hecho que la élite ilustrada venezolana se vuelque a tratar de entender qué ha pasado, y eso ha creado espacios muy interesantes: por una parte, le dio oportunidad a unos investigadores, que llevaban años trabajando, de por fin sacar unos libros, y por otro atrajo a otros venezolanos que antes no se habían interesado por política y por historia, y que se han puesto a leer. El país está mirando al país y eso me parece muy bueno. Siempre tendré el temor de que sea un fenómeno episódico, pero hay una ganancia”.

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