Vergüenza

Va a ser difícil que las cosas vuelvas a la normalidad y todos puedan prosperar. Los odios históricos, la pobreza, el clima de violencia, la pobreza, el clima de violencia a punto de estallar, los mitos urbanos y populares, los desencuentros, atentan contra que todo vuelva a la normalidad.

vERGUENZA

Todos los conflictos internacionales tienden a parecerse, a pesar de las características que los diferencian y los hacen únicos. Hay muertos, hay sensación de que el mundo se acerca al fin, hay una corrupción viralizada por la amoralidad, hay miedo y desesperación.

Aquí cabe una elipsis para recordar una película que ya tiene 46 años: fue dirigida por un sueco genial que transformó el cine del siglo veinte para siempre, Ingmar Bergman. Se llama Vergüenza. Y relata la historia de un matrimonio que atraviesa por unos días una confusa situación de rehenes, de colaboracionistas, de extorsionadores y, finalmente, de asesinos. Con el dinero que robaron intentan huir de esas canalladas en un barco.

Pero no pueden avanzar porque los cadáveres los empiezan a rodear y los dejan en un punto muerto, en el medio de la nada. Así suele ocurrir con quienes se callan ante las atrocidades que ocurren en el mundo y piensan que saldrán ilesos, que nadie se dará cuenta de lo que fueron capaces de consentir.

He leído el reporte que hiciera Tim Judah sobre Ucrania y he vuelto a sentir el clima de Vergüenza. Judah es periodista de The Economist, graduado en la Escuela de Economía de Londres, y en la Escuela de Derecho y Diplomacia de la universidad de Tufts. En sus inicios trabajó para la BBC. Hoy en día también colabora ocasionalmente con The New York Review of Books.

Este reportero recorrió los caminos de Ucrania y conversó con gente muy diversa. En algún momento se detuvo a comprar comida para Viktoria, quien tiene 28 años y vive en un apartamento dilapidado a 300 metros de una barricada rebelde.

Consigue pasta y arroz para ella, para su marido y para la hija de dos años y medio. Reconoce que no están en peligro de un verdadero estado de sitio, pero apenas les quedaban $15.

«Ella recibía un aporte postnatal del Estado, pero como el gobierno ucraniano está quebrado, el pago mensual ya se acabará. La fabrica de muebles donde trabaja su marido está cerrada desde el inicio del conflicto»

Viktoria quiere volver a ser maestra de escuela, después del permiso postnatal. Pero sabe que tendrá  que sobornar a la persona adecuada para conseguir un empleo. En ese instante Judah se pregunta si en Gran Bretaña tendrían que sobornar a la gente para pasar exámenes y entrar a la universidad. Es esa pregunta retórica cuando se encuentra el infierno.

Hablan de Rinat Akmetov, el hombre más rico de Ucrania, quien de acuerdo a Forbes tiene una fortuna de más de $12 billones. Su fortuna la hizo en el este, y -de tener la disposición- tal vez podría construirle una casa a cada persona de la región. De hecho, es dueño de uno de los lotes de propiedad más costosos de Londres.

Mientras Judah conversaba con Viktoria, entendió cómo «la corrupción endémica de Ucrania y el hecho de que tantos de sus políticos eran oligarcas, simplemente le ha chupado la vida al Estado tras casi un cuarto de siglo de independencia».

Cuando Judah oye a Viktoria se da cuenta de que sus problemas son los mismos de casi todas las personas de un extremo al otro de Ucrania. La gente busca salvadores. El problema es que encuentran líderes radicalmente opuestos.

Como en tantas películas que hemos visto muchas veces, Judah se detiene a conversar con los hombres de una barricada rebelde, donde se han improvisado un espacio para comer. Hay mesas y sillas. Algunos de los hombres portan pistolas, pero la mayoría no. En la mesa hay un jarrón con flores. De repente pasa una pareja con un perro salchicha llamado Rich.

En un apunte de Judah se lee que los rebeldes dicen que el gobierno y el pueblo que los apoya es fascista. Por sus parte el gobierno dice que todos los rebeldes son terroristas- de hecho ninguna de las dos cosas son es verdad.

La gente pasa y deja platos de plástico y servilletas. Es común que la gente del vecindario provea suministros. De pronto se acerca un automóvil y tres hombres se bajan cargando instrumentos musicales. Andan de gira por las barricadas. Empiezan a cantar una canción de la Segunda Guerra mundial:

¡Bajo las estrellas Balcanes soñare con Smolensk!» Otra que data de la guerra afgana dice: ¡Bajo las estrellas de Jalalabad, maldijimos nuestra maldita guerra!»

Judah se da cuenta de que va a ser difícil rehacer a Ucrania de manera que Viktoria y todos los demás puedan prosperar. Los odios históricos, la pobreza, el clima de violencia, la pobreza, el clima de violencia a punto de estallar, los mitos urbanos y populares, los desencuentros, atentan contra que todo vuelva a la normalidad.

En un apunte de Judah se lee que los rebeldes dicen que el gobierno y el pueblo que los apoya es fascista. Por su parte el gobierno dice que todos los rebeldes son terroristas- de hecho ninguna de las dos cosas son verdad.

Hay dos franjas de polarización. En una hay gente del gobierno, con un pasado de extrema derecha. En la otra caben los que organizan el territorio rebelde, partidarios de la violencia extrema para tomar el poder. En el medio está la gran mayoría de las personas que simplemente se sienten vencidos y entrampados. Gente que casi siempre queda a un costado de la historia, sin suerte, sin ilusión.

Quizás lo único que le queda a gente como Viktoria es sentir vergüenza por la humanidad.

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