Vivir sin tu biblioteca

¿Tú también extrañas a tus libros?

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Imagina que te vas, que dejas tu casa -las razones por las que lo haces no vienen aquí al caso- y no puedes llevarte tu biblioteca contigo. Te vas, lejos y dejas tu biblioteca atrás.

Imagina que dejas tu país, porque ya no es tu casa, o ya no quieres que lo sea, o que gente mucho más numerosa y poderosa que tú decide por ti que ese país ya no es tu casa, sino solo la de ellos.

En fin. Imagina que dejas tu país y te mudas a otro, pero que dejas tu biblioteca en tu antigua casa.

Bueno, es como en aquellos caricaturas en las que alguien deja su ropa atrapada por una puerta que se cierra en su carro que continúa su marcha, y queda desnudo en plena calle, bajo la lluvia o la nieve. Es como esas pesadillas en las que te das cuenta que estás en ropa interior frente a los demás. Es como seguir adelante y dejar clavada en un sitio la piel que te abriga.

Lo que has leído en esa biblioteca es, en buena parte, tu pasado: lo que has soñado, temido, reído, llorado, admirado, bostezado. Lo que has sentido como el llamado a salir a la calle, o a seguir leyendo, o a escribir. Lo que has reconocido como la voz del genio o el relumbrón de la belleza. 

Si te vas y no te vas con tu biblioteca, sino con un Kindle, sientes que te fuiste corriendo, sin despedirte de nadie, sin hacer maletas. Puede que te hayas llevado lo esencial, pero sin tu biblioteca, te das cuenta de que en realidad es mucho lo que te falta. Te falta la gente que no pudiste llevarte contigo. Te faltan algunos objetos queridos o animales de compañía que esperas llevarte después. Pero sin los libros te falta además tu memoria, tu identidad.

Te falta tu memoria porque los libros de tu biblioteca son una representación física de lo que has leído o de lo que te falta por leer y tienes ahí, esperando el momento. Es un bosque que ha sido recorrido por tus ojos y a veces hasta por tu voz, una o varias veces, y que así como ha sido examinado, penetrado por tu percepción, ha dejado en ti la textura de tus cortezas, la música de su follaje. Lo que has leído en esa biblioteca es, en buena parte, tu pasado: lo que has soñado, temido, reído, llorado, admirado, bostezado. Lo que has sentido como el llamado a salir a la calle, o a seguir leyendo, o a escribir. Lo que has reconocido como la voz del genio o el relumbrón de la belleza. Tienes en tu espíritu la niebla movediza y temblorosa de la memoria intangible; pero la memoria tangible, la de los objetos y, sobre todo la de esos objetos múltiples que son los libros, ya no está rodeándote cuando te levantas o te acuestas, cuando te sientas a quejarte de tu suerte o a bendecir tu buena fortuna, cuando te acurrucas entre esos lomos y esas esquinas a separarte, aunque sea un rato, del escándalo de la vida»real».

Te falta tu identidad porque esa historia de lectura es, en un lector, una historia personal. Una evidencia de lo que eres. Eres lo que eres en buena medida porque has leído esos libros y los has digerido de una manera específica a ti, única; nadie que haya leído exactamente los mismos libros, si es que tal imposible pudiera ocurrir, los habra leído y recordado igual que tú. Esa biblioteca te representa y tú la representas a ella.

Pero no está contigo. Estás en otro clima y en otro idioma, o en una ciudad con dos idiomas, ninguno de los cuales es el idioma en el que tu mamá te cantaba para dormirte o te enamoraste de la mujer de tu vida. Tu idioma está en tu lengua, en lo que musitas dormido, en lo que logras escribir cuando escribes- como quien bebe agua tras una travesía en el desierto- en él. Pero está documentado, almacenado, en esa biblioteca.

Visitas las estupendas bibliotecas públicas y gratuitas de la ciudad a la que te fuiste, y las disfrutas y agradeces, pero siguen sin ser tu biblioteca. Son bibliotecas públicas pero ajenas. Siguen sin darte lo que ella te daba y sin calmarte el dolor, el inmenso dolor, de no tenerla todavía contigo.

Vivir sin tu biblioteca es una de esas cuentas del exilio que no aparecen en la contabilidad superficial con que nos referimos a esa experiencia. Piensas en la increíble historia de los baúles de Francisco de Miranda, que sobrevivieron a sus peripecias y llegaron finalmente a Caracas, muchos años después de la muerte de su dueño, para que otras manos leyeras sus epístolas quebradizas escritas con letra de maestra solterona. Piensas en las bibliotecas vivas del final de Fahrenheit 451, las que memorizan los últimos albaceas de las civilización en su refugio clandestino. Piensas en lo que podría pasarle a la tuya si un incendio o un terremoto o una filtración la atacan sin que tú puedas hacer nada para defenderla.

Vivir sin tu biblioteca es darte cuenta de que tu viaje está lejos de terminar. Pues solo terminará cuando encuentres un lugar al que llevártela, para que siga creciendo, desplazada ella también de la tierra sobre la que se plantaban sus anaqueles, pero complacida en su silencioso espíritu de papel de poder seguir creciendo en su patria verdadera: su dueño.

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