Oficio: Walter Rodríguez Pilatti

Walter Rodríguez fue un profesional de rutinas rigurosas. La naturaleza de su negocio es la inteligencia de la humanidad.

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20 de julio de 2022
Por Sergio Dahbar

In memoriam: Walter, el amigo

Hace ya quince años tuve el placer de entrevistar a Walter Rodríguez Pilatti, el Valter de sus clientes, en la librería Lectura, reubicada en ese momento en el sótano del centro comercial Chacaíto, para las páginas de la revista El Librero, que entonces tenía apenas un año de vida. Corría 2007 y otros eran los dilemas que le quitaban el sueño a los venezolanos.

Fue un enorme placer oír a Walter. Su epopeya como librero célebre en el turbulento Uruguay de los años 70; su contratación por parte de la familia Gold, por dos años inicialmente, para luego enamorarse del trópico y asentarse como uno de los grandes libreros de raza que llegaron en el pasado y fundaron librerías memorables. Junto a Sergio Alves Moreira, Raúl Betancourt, Arturo Garbizu y la familia Ramírez, en la librería de la Organización de Bienestar Estudiantil, de la Universidad Central de Venezuela, por solo citar algunos.

Walter Rodríguez fue un personaje fascinante, trabajador incansable, dueño de un buen humor y una ironía sutil para aceptar los embates de la vida. Fue empleado obsesivo primero, luego propietario de esa librería mitológica, y finalmente cerró las puertas para quedarse con una distribuidora que aprovechaba las ferias regionales para mercadear sus libros en bibliotecas de las universidades.

Había sido presidente de la Cámara Venezolana del Libro y al final de sus días tenía el aspecto, algo cansado, de un viejo Don, no ya de la mafia, sino del imperio del libro, que se desvanecía estrepitosamente, entre otras muchas ruinas del país.

Hoy recuperamos las extraordinarias fotos que le hizo Efrén Hernández en 2007, así como el resultado de esa conversación, una versión mínima de una conversación más larga, cargada de humor y cierta maledicencia que Walter practicaba sin pausa y que no dejaba títere con cabeza.

Como quedó claro en el homenaje que organizó Javier Marichal en la Poeteca en días recientes, Walter dejó muchas enseñanzas en gente que lo recuerda de manera entrañable. Era generoso con sus conocimientos, le gustaba celebrar con sus amigos y trabajadores cercanos y aunque sabía que la vida es dura e implacable, nunca perdía la sonrisa.

 

Oficio: Walter Rodríguez Pilatti

Valter, como lo llaman ciertos clientes, es un profesional de rutinas rigurosas. Entra a Lectura, actualmente ubicada en el Centro Comercial Chacaíto, a las siete y media de la mañana. Todos los días. A esa hora insólita cuando todavía quedan rezagados que salen de los bares y las discotecas de la zona, este librero de pura cepa revisa las actividades del día anterior como si fuera un entomólogo.

La naturaleza de su negocio es la inteligencia de la humanidad. Como cosa curiosa, pocas situaciones en la vida le generan mayor paz que permanecer en ese espacio cerrado a tempranas horas de la mañana, con los anaqueles repletos de volúmenes y las mesas ordenadas con las novedades. Pareciera que esa es la iglesia de su propia religión, la del amor por los libros. Los novísimos que siempre aparecen, año tras año, renovando lo ya dicho, y los clásicos que regresan con nuevos diseños, para repetirnos que ciertas historias y no pocas ideas son tan universales y necesarias como el pan y la luna.

Pocas veces rememora Walter Rodríguez en la actualidad que treinta y dos años atrás entró por primera vez en la Librería Lectura, cuando esta se encontraba en el centro Comercial Arta, frente a Beco. “Junto a Frisco, eran los locales más chic del momento”. Un vendedor de libros de Losada y Blume, que recorría el continente, les recomendó a los propietarios de ese momento, la familia Gold, a un librero uruguayo que era muy bueno y que poseía un olfato privilegiado para saber lo que la gente quería leer.

Walter Rodríguez trabajaba entonces en Montevideo, en la cadena de librerías Barreiro y Ramos, que en su momento de oro llegó a tener catorce sucursales. Había sido fundada en 1873. El devenir de la política uruguaya lo llevó a evaluar seriamente la oferta de Venezuela, con un contrato por dos años. Una buena temporada para airear las asfixias del país del sur. No sabía entonces que se enamoraría del trópico, donde ha vivido tres décadas intensas.

En 1975 Lectura había asentado una tradición entre sus pares venezolanas. Por sus pasillos pasaron libreros importantes, como Arturo Garbizu, que después fundó Uno en Sabana Grande, toda gente que aportó semillas para construir una escuela. La empresa fue fundada en los años 50 por el ingeniero Stephen Gold y la señora Bogan, una pareja que había sobrevivido al horror nazi en Polonia. Y rápidamente se convirtió en un lugar para comprar libros y conversar. Pedro Estrada era asiduo de la tienda, y a veces aprovechaba una visita para llamar a sus novias. Esas anécdotas tejieron la mitología de la librería entre dependientes y propietarios.

Los años 70 fueron prodigiosos. Los profesores universitarios ganaban sueldos que les permitían comprar libros. Había verdaderos ratones de librerias que visitaban diferentes tiendas en una mañana, tras la pista de un clásico o de la novedad que marcaba la hora en Estados Unidos o España. Habia demanda para los libros en inglés y en alemán.

Los autores locales vendían veinte mil y treinta mil ejemplares por novedad, como Isaac Chocrón, Adriano González León, Miguel Otero Silva y Francisco Herrera Luque. En esos años Walter se apoyó en una legión de colaboradores de primer nivel como Serrano, Ángel García, padre y Alberto Conte, que lo secundaban como brazos de un ejército compacto. Toda gente con la que se podía hablar de libros por horas.

Walter Rodríguez se asombra frente a la realidad de las librerías modernas

«Muy pocas se dan el lujo de tener clásicos en sus estanterías. Venden de todo, juguetes, agendas, perolitos. No lo digo como crítica, pero me llama la atención el paso del tiempo y la desaparición de una cierta noción de librería en la que siempre podías encontrar novedades de última hora, pero también clásicos de Gredos, Iberia, Bergua, Lumen y Ateneo».

Treinta y dos años más tarde, la historia de la librería Lectura continúa en pie. Walter Rodríguez adquirió la empresa. De librero pasó a propietario. Y recuerda con nostalgia los viejos clientes que compraban libros en medio de ocupaciones complejas, como Leopoldo Sucre Figarella, un cliente entre tantos que nunca dejaban de visitarlo. Clientes que han muerto y que han dejado el legado de unos hijos que cada tanto tiempo saludan a Valter, se ríen con sus ocurrencias, escuchan sus recomendaciones y se despiden con un libro bajo el brazo.

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