Prólogo de «No te olvides de mí», por Santiago A. Canton Cardona

Santiago A. Canton Cardona escribe el prólogo de "No te olvides de mí", que reúne historias de presos políticos, apresados injustamente.

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De haber sabido que mi hijo iba a llegar a presidente,
le hubiera enseñado a leer y escribir.
Madre del expresidente de Bolivia
Enrique Peñaranda

Muros de piedra no hacen una cárcel,
Ni las barras de hierro una jaula.
Richard Lovelace

Escribo estas líneas en momentos en que Maduro anuncia festivamente su triunfo en las elecciones del 28 de julio, y pienso en las personas cuyas historias narran las líneas de este excelente y necesario libro de Kaoru Yonekura. Seres humanos encerrados injustamente en cárceles macabras donde la diferencia entre la vida y la muerte es una línea en el aire. Seres humanos avasallados por la injusticia de una dictadura asesina que inventa ficciones jurídicas para controlar sus vidas y la de todo un pueblo. Pero también, seres humanos que con enorme dignidad enfrentan el muro de la vileza y miseria, aferrados a la esperanza de un amanecer, sabiendo que detrás del muro hay una madre, un padre, una hermana, una novia, un hijo, una amiga, un pueblo, que los espera para abrazarlos.

Kaoru Yonekura, autora de «No te olvides de mí»

Centurias

A Sócrates, Boecio, Galileo Galilei, Thomas More, Emile Zola, Fiodor Dostoievsky, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King, Lech Walesa, Liu Xiaobo, Pepe Mujica, Lula, Dilma Rouseff y Alexei Navalny, los unen 2.500 años de historia, una cárcel, torturas, y siempre los rodea la muerte.

Desde la cárcel de Atenas, en donde Sócrates bebió con calma el vaso de cicuta preparado por su carcelero, o desde la prisión de Robben Island en Sudáfrica, en la que Nelson Mandela paso 28 años detenido, o desde las jaulas para humanos en el jardín de Somoza en Nicaragua, los presos políticos tienen un rol central en la historia universal de la infamia. Junto con la tortura, su indeseable acompañante, la detención por motivos políticos son parte del génesis de las violaciones a los derechos humanos.

La historia universal nos brinda numerosos ejemplos de tiranos que usaron las cárceles para intentar silenciar las voces de los que no se arrodillan frente al poder. La detención masiva de judíos por Nabucodonosor ii en el Siglo VI A. C., los Treinta Tiranos en Grecia; Tiberio, Calígula y Nerón en la antigua Roma; Enrique VIII de Inglaterra e Iván el Terrible de Rusia en el Siglo XVI; y actualmente, los regímenes en Myanmar, Irán, China, Rusia, Arabia Saudita y; por supuesto, Venezuela, son sólo el comienzo de una interminable lista de déspotas responsables de cientos de millones de presos políticos.

Presos políticos

Incluir a todos los dictadores de nuestra aporreada América Latina requeriría un libro aparte, así que me limitaré a mencionar solo a algunos de nuestros más conocidos infames: Jorge Rafael Videla (Argentina), Hugo Banzer (Bolivia), Emilio Garrastazu de Medici (Brasil), Augusto Pinochet (Chile), Gustavo Rojas Pinilla (Colombia), Fulgencio Batista y Fidel Castro (Cuba), Guillermo Rodríguez Lara (Ecuador), Carlos Humberto Romero (El Salvador), Efraín Ríos Montt (Guatemala), Oswaldo López Arellano (Honduras), Tacho, Tachito y Luis Somoza (Nicaragua), Daniel Ortega (Nicaragua), Alfredo Stroessner (Paraguay), Francisco Morales Bermúdez (Perú), Rafael Trujillo y Joaquín Balaguer (República Dominicana), Marcos Pérez Jiménez, Hugo Chávez y Nicolás Maduro (Venezuela).

Si bien en la mayoría de los casos es imposible tener información precisa sobre la cantidad de presos políticos bajo estas dictaduras, una cifra aproximada nos acerca fácilmente al medio millón de detenidos. En todos estos casos, ya sea por imbecilidad, corrupción, maldad o locura, los déspotas intentaron sin éxito encerrar el océano entre barras de hierro. En una copia vulgar y chapucera de su predecesor, Nicolás Maduro combina groseramente las cuatro características.

La ley, la acción y la vela

En el siglo xx la lucha para ponerle fin a las detenciones por causas políticas pasó de la abstracción a la norma; y de la proclamación a la acción. El primer paso fue la aprobación en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que incorpora la prohibición de las detenciones arbitrarias, con una descripción preciosamente sencilla, poco común en el universo de las leyes: “Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado.”

La Declaración Universal, al no ser un tratado, no contaba con la suficiente fuerza legal para enfrentar eficazmente las violaciones a los derechos humanos. Ese paso se dio en 1966, con la aprobación del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. El pacto, de cumplimiento obligatorio para los Estados que lo firmaran, incluye la detención arbitraria, pero de forma más amplia y con mayor riqueza legal, al agregar las obligaciones de recibir información sin demora de las causas de la detención; de ser llevado ante un juez; de ser juzgado dentro de un plazo razonable o ser puesto en libertad; y el derecho a recibir una reparación.

Pero, aunque obligatorias, las leyes aisladas, pueden subsistir eternamente como bellos sueños incumplidos. Hannah Arendt en La condición humana nos habla de la centralidad de la acción. Es mediante la acción que los seres humanos hacemos historia y dejamos una huella duradera. Y la acción debe ser esencialmente en sociedad; en soledad es insignificante, flota en un vacío. En el caso particular de los presos políticos, la llama que encendió la fuerza necesaria para transformar en acción la fría letra de la ley se había iniciado unos años antes de la aprobación del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

Transcurría el año 1960 y en un bar de Coímbra dos estudiantes decidieron hacer un brindis por la libertad. Con casi tres décadas en el poder, y miles de presos políticos, torturas, desapariciones y asesinatos, para el dictador de Portugal, Salazar, un brindis por la libertad podía poner en riesgo su inmortalidad. Los estudiantes fueron sumariamente enviados a la prisión de Caixas, una de las cárceles más infames del régimen, donde la tortura física y psicológica era cotidiana.

Pocos días después del arresto de los estudiantes, un abogado británico que viajaba en el Metro de Londres leía la noticia en el Daily Telegraph. La injusticia e indignación lo inundaron. Pero inmediatamente buscó cómo transformar la impotencia en acción, y publicó un artículo de opinión en el periódico The Observer. El título del artículo era “Los prisioneros olvidados”, y solicitaba a los lectores que enviaran cartas al Gobierno de Portugal, denunciando el arresto de los dos estudiantes portugueses con base en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Durante los días siguientes, la dictadura de Portugal recibiría más de mil cartas.

Gracias a la acción del abogado londinense, las normas frías y estáticas pasaron del papel a la acción. El abogado era Peter Benenson, quien pocos meses después fundaría Amnistía Internacional, el primer movimiento de derechos humanos de la era moderna. La indignación original se transformó rápidamente en acción colectiva. El gigantesco impacto global de su acción la encapsuló en un sencillo: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

Este libro forma parte de esa vela.

Un último paso legal para enfrentar las detenciones arbitrarias se dio en 1998, con la aprobación del Estatuto de Roma, y la creación de la Corte Penal Internacional (CPI). Sin pretender aburrir al lector con un análisis legal, el Estatuto de Roma es particularmente relevante para Venezuela y para los casos presentados en este libro. Entre las principales acusaciones al régimen de Maduro por parte de la Fiscalía de la CPI, están precisamente las detenciones arbitrarias y las persecuciones políticas. Con vicios de abogado, no pude leer este libro sin pensar en las acusaciones que enfrentarán Maduro y sus acólitos.

Cada hoja, cada línea, cada palabra de este libro, trasciende con naturalidad del drama individual a la justicia universal. Los años perdidos, las familias destruidas, las mentiras inventadas, los golpes recibidos, los huesos quebrados, las uñas arrancadas, los shocks eléctricos, las violaciones; todas esas injusticias pondrán en movimiento los términos legales que condenarán a Maduro y a sus jueces, fiscales, ministros, militares, policías y aliados.

Presos políticos

Farsa

Mi trabajo me ha llevado a visitar decenas de centros de detención por toda Latinoamérica. No sólo no es posible elegir una cárcel modelo, sino que también es difícil elegir la peor; la competencia es brutal. En Archipiélago Gulag, Aleksandr Solzhenitsyn se refiere a las cárceles como “el lugar donde la crueldad y la miseria humanas alcanzan su máxima expresión”. Ratas, excrementos, seres humanos, cucarachas y orina se fusionan en tiempo y espacio; junto a carceleros, que cual esclavistas, ejercen un poder absoluto sobre los detenidos, que oscila permanentemente entre la vida y la muerte.

La principal arma del régimen de Maduro para mantenerse en el poder ha sido el Poder Judicial venezolano. Mediante la cooptación absoluta del Poder Judicial, ha buscado silenciar a todas las voces que se oponen al Maduro eterno. Con anterioridad a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, el Poder Judicial venezolano era una institución relativamente independiente, con los vicios y problemas que tiene la mayoría de los poderes judiciales de Latinoamérica. A partir de Chávez, paulatina, pero sistemáticamente se transformó en una institución controlada enteramente por el Poder Ejecutivo.

El punto de partida de dicha transformación fue el aumento de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia de 20 a 32, otorgándole a Chávez el poder de nombrar a 12 nuevos jueces. Con posterioridad se procedió a despedir a un gran número de jueces y nombrar en su lugar a jueces provisionales, que, si osaban mostrar una pequeña semilla de independencia, eran inmediatamente reemplazados por jueces pusilánimes; o peor aún, enviados a los sótanos del régimen.

La Jueza María Lourdes Afiuni fue arrestada en el año 2009 por dictar una decisión que ordenaba la libertad de un empresario opositor a Chávez. En la cárcel no solo fue torturada y violada, sino que también fue víctima de otras formas de violencia sexual que resultaron en la necesidad de removerle el útero, lo que deterioró gravemente su estado de salud. Este caso envió un mensaje inequívoco a todos los jueces y fiscales que pretendieran ejercer un mínimo grado de independencia. Las instrucciones eran simples: o se arrodillan ante el Supremo, o prepárense para la máxima crueldad y horror posible. Con el caso Afiuni la falta de independencia de la justicia quedó sellada para siempre. Maduro profundizó el control absoluto del Poder Judicial, invalidando leyes aprobadas por la Asamblea Nacional, que aumentaban el poder de Maduro sobre la justicia y el país.

La represión posterior a las elecciones del 28 de julio, son la prueba empírica de la ausencia de un sistema de justicia. Al mismo tiempo que se le negaba el derecho a la defensa a miles de detenidos, Maduro confesaba con desparpajo su responsabilidad por violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad al expresar que a “Los guarimberos, estos criminales, tenemos más de 1.200 capturados y estamos buscando a 1.000 más. Los vamos a agarrar, los vamos a agarrar a toditos, y no va a haber perdón esta vez. Con mi corazón de hombre de paz y cristiano les digo:

Esta vez no va a haber perdón” . Aún resta saber si se trató de un acto de contrición o de bruta necedad. Confessio partis, probatio est.

Presos políticos

Este libro pone en evidencia cómo el Poder Judicial fue usado para encerrar a los que consideraban sus enemigos, pero también a muchas personas que eran simples peones útiles, que el régimen usaba para enviar mensajes mafiosos a terceras personas o a países a los que consideran enemigos. Este libro devela esa realidad, ese mal absoluto al que hace referencia el jurista argentino Carlos Nino, en relación a las atrocidades cometidas por la dictadura argentina. La represión de los opositores para neutralizar cualquier destello de libertad está en los manuales de toda revolución totalitaria, sin distinguir ideologías.

La Justicia venezolana no es el escudo protector que defiende a la sociedad de las injusticias, sino la espada del opresor que amenaza y asesina a los que piensan distinto. En Venezuela existen las instituciones judiciales y existen las leyes. Con algunos aciertos y desaciertos, siguen las directrices esenciales comunes a otros países de la región. Pero la realidad reina sobre la apariencia, y la justicia en Venezuela es tan sólo la fachada de un edificio vacío. Un edificio que el dictador decora a su gusto, un día cambia los colores de las habitaciones, otro día derrumba o construye nuevas paredes, o agrega y quita escaleras, muebles y cuadros. En su manual de justicia “Hágalo usted mismo”, el único criterio es mantener el poder a toda costa. Con las mismas instituciones y leyes, el poder supremo puede crear el paraíso o el calvario. Pero sólo conoce el calvario.

Esperanza

Otra de las virtudes de este libro es que no sólo nos muestra la tragedia, sino que también nos enseña la esperanza. En una preciosa poesía, Emily Dickinson nos dice que la esperanza es un pájaro que nunca para de cantar y que está presente, inclusive, en los peores momentos; “Lo he oído en las tierras más frías y en el mar más extraño”. A pesar de la crueldad diaria que enfrentan los detenidos, la esperanza jamás los abandona:

“voy a regresar a mi casa, de donde me sacaron. Quiero acariciar a mi gata y tomar el café de mi mamá sentado en la mesa”.

“a mí me dijeron una vez que yo tenía que estar preparado para una condena, pero también para ser libre. Yo estoy a siete cercos de la calle”.

“Otra vez estaban juntos y se abrazaron con la fuerza de quien sabe que la vida se puede perder, pero no el amor”.

Realismo trágico

En 1967, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa platicaban en un pub de Londres y se les ocurrió pedirle a una docena de escritores latinoamericanos que cada uno de ellos escribiera una novela sobre nuestros dictadores. Para Carlos Fuentes el desafío parecía irrealizable, inclusive para la mágica creatividad de nuestra literatura: inventar personajes que superaran la locura, imaginación y poder de nuestros nefastos dictadores. Entre los escritores invitados se encontraban, además de ellos dos, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Miguel Otero Silva, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Bosch, José Donoso y Jorge Edwards.

Lamentablemente el proyecto no logró materializarse, pero despertó el interés en algunos de ellos, que nos dejaron novelas excepcionales. García Márquez escribió El otoño del patriarca, Roa Bastos Yo, el Supremo y Carpentier El recurso del método. Más tarde, Vargas Llosa agregaría La fiesta del chivo. En todas ellas se aborda la corrupción y la crueldad extrema de nuestros dictadores. El título del libro de Carpentier, El recurso del método, esconde algo en común de todas estas novelas: el contraste entre el racionalismo del Discurso del Método de Descartes, con la irracionalidad suprema de nuestros dictadores.

Las entrevistas de Kaoru nos muestran esa irracionalidad, esa barbarie; el triunfo de la imbecilidad y la maldad sobre la ética y la racionalidad, de la que hablaba Domingo F. Sarmiento, presidente y escritor argentino en Civilización y Barbarie.

Al novelista que quiera retratar a Maduro, no le faltarán ejemplos para incorporar lo sobrenatural en lo cotidiano. Los conejazos y diálogos con pajaritos, mariposas y espíritus son sólo un pequeño anticipo del mundo fantástico en la vida cotidiana de los venezolanos. Pero que no busque nada mágico en las cárceles de Maduro; ahí encontrará solo tragedias. Violencia real e ilimitada que describe fielmente Kaoru en las páginas de este libro; con responsables reales, de carne y hueso, cuyas vidas corresponden a las páginas de una sentencia penal, y no a los placenteros relatos de lo real maravilloso.

Hay una característica particular que los hermana a todos los dictadores: la decadencia. Y por cierto que la decadencia de los tiranos no es una exclusividad de nuestra época, ni región. Percy Bysshe Shelley en Ozymandias describe la inexorable decadencia de Ramsés II en el siglo XIII a.C.:

“Dos enormes y truncas piernas de piedra
Se alzan en el desierto. Cerca de ellas, en la arena,
Medio hundido, un rostro destrozado yace, cuyo ceño,
Labio fruncido y mueca de frío mandato […]

Y en el pedestal estas palabras aparecen: Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!
Nada más queda. A su alrededor, la decadencia
De esa enorme ruina, ilimitada y desnuda,
Las solitarias y llanas arenas se extienden a lo lejos.”

Al ver por televisión a los venezolanos derribar las estatuas de Chávez, y paralelamente oír hablar a Maduro de sus grandes logros, no pude evitar asociar la decadencia de Ozymandias con la de Maduro. Abrazo la esperanza de que pronto, del legado de Maduro también quedarán sólo ruinas ilimitadas.

Presos políticos

Amanecer

Rabí Marshall Meyer fue un destacado rabino estadounidense que tuvo un rol central en la defensa de los derechos humanos durante la dictadura argentina. Entre las personas que ayudó estaba Débora Benchoam, que con solo 16 años era una de las presas políticas más jóvenes de la dictadura. Deborah logró salir de Argentina y hoy es una destacada abogada de derechos humanos en Washington DC. Hay una frase del Rabino Marshall Meyer que Débora siempre recuerda, y que tradujo en acción: “Siempre cuenta tu historia”

En este libro, gracias al coraje de los detenidos y de Kaoru, los presos políticos de Maduro están contando su historia, y, al hacerlo, dejan de ser parte de los presos olvidados, y se suman a los millones de personas que hace más de seis décadas prendieron la llama del movimiento universal por los derechos humanos. Hoy forman parte de la acción en sociedad que está cambiando la historia de Venezuela y que está avanzando en el camino hacia un “nunca más” universal.

Ginebra, Agosto 2024

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